martes 12 de mayo de 2009

Nos mudamos


Debido a los tiempos que corren, las entradas de este blog mudan de casa por un tiempo al siguiente link:


martes 21 de abril de 2009

Hablemos seriamente

No recuerdo de qué libro ni de qué autor salió el poema siguiente. Sólo tengo una vaga imagen de mí mismo, años atrás, inclinado sobre una carpeta, apurado en transcribir todo el texto con pluma negra. Lo único que sé con certeza es que fue en Jalapa, en la biblioteca de la Universidad, durante 2005.

Hoy, mientras lo releía, regresaron a mi memoria aquellos instantes con la lucidez etérea del melómano que vuelve a escuchar una composición musical tras muchos años. 

Por alguna razón que desconozco no apunté el nombre del autor. No puedo ni siquiera atinar un nombre supuesto. He llegado a pensar que estaban a punto de cerrarme la biblioteca, porque el trazo es aprehensivo y desesperado. No concibo que haya omitido anotar el nombre del autor, aunque finalmente, lo menos importante.

Junto a mí está una maleta de mediano pelo en donde metí todo lo que seré próximamente. Es curioso que en un espacio tan reducido aún haya cosas tan prescindibles para mi verdadera personalidad como un hilo dental, tijerillas, un peine, algunas playeras y ropa interior demás. 

Quizá un día me pregunte por qué en mi vida siempre tomé decisiones que me alejaron de una senda apacible y segura. Por qué huyo con tanta precipitación de los títulos nobiliarios, del buen nombre, de la asunción adulta y de los hombres que encontraron, en cualquier pretexto, la medida justa de todas las cosas.   

Este texto es, pretendo que sea, una anticipada respuesta.


***

HABLEMOS SERIAMENTE

No es cierto que detrás del horizonte prosiga el horizonte ni la manzana detrás de la manzana, ni a la vuelta del árbol sólo el árbol.

Porque tampoco es cierto que siga por dentro o fuera del hombre el hombre mismo.

Hablemos seriamente. Aunque sea todavía la naranja la más cabal y asidua imagen de la tierra, y aunque nos mudemos de piel de tanto en tanto, o tras nosotros dejemos el soñar de cada noche como una mascarilla de polvo y sudor que en matinales abluciones destruimos.

Hablemos seriamente: con esa seriedad del hombre de negocios, del industrial exacto, del banquero (como auriga) firme, insobornable al tiempo y sus alcobas.

Porque detrás de ti, amigo, prójimo o pariente, ya no estás tú. Y es ciertamente absurdo que imagines ese sosías o doble  de ti mismo, ese astuto cazador que acecha y que persigue en hábil montería tu camino.

Pues el hombre limita por fuera con las cosas  y con los otros hombres, mas por dentro se quiebra abruptamente y es un acantilado altísimo de sombra sobre la astronomía de un mar inimitable: de un mar sin el recodo concéntrico y frutal de la naranja.

No. Hablemos seriamente. Con toda seriedad hagamos nuestras cosas: extendamos el mantel sobre la mesa, pongámosle franqueo a nuestras cartas, llamémonos Antonio, Guillermo o Federico con la más serena de todas las convicciones.

Sin la menor malicia: acordonémonos los zapatos, anudémonos la corbata, pongámonos la chaqueta, calémonos el sombrero.

Así, muy digna y seriamente. Como es serio el árbol con sus hojas, aunque éstas se le caigan en otoño. Como está muy en su punto que el tiempo se convierta en almanaques y el trino del jilguero, por algún grave descuido, en maullido prolongado o en cuerda de violín enamorada.

Porque todo está en el más claro fluir de nuestros días. Los que por ello tienen una rara belleza y un encanto inefable, pues es más que seguro que respondan, igual que las estrellas y sus constelaciones, a los más inexplicables de todos los designios.

Porque es lo que vemos con certeza nacer, morir a cada instante.

Y porque, en fin de cuentas, nuestras vidas no son sino ese ir y venir del tiempo a sus armarios, a sus negros baúles, a sus perchas enormes, para vestirse y desvestirse,

de flechas y de sueños,

de gestos y de palabras,

de trajes y de nombres,

de cuerpos inocentes y de imprevistas almas.

Sin referencia del autor del texto.

 

 

miércoles 1 de abril de 2009

Lo que ella mira




"¿Qué miras?", dije para interrogar su silencio, después de varias fotografías.

"Los peces...", respondió sin añadir más.

En la fuente central, en efecto, unos peces gordos, más grandes que la palma de mi mano, nadaban de un lado a otro resaltando su color naranja y blanco sobre el fondo oscuro del estanque. Otros peces más pequeños y ágiles, de pronto salían al paso.

Me conformé con la respuesta. No me pareció extraño que anoche se entretuviera mirando tan fijamente peces vivos -y al cabo hermosos- dentro de un estanque.

Pero esta mañana, cuando revisé las fotografías, descubrí la pobreza de mi conformismo, que se dio por satisfecho con una respuesta que estaba muy lejos de serlo realmente: apenas una muletilla, un guiño, un ademán para salir al paso. ¿Por qué no lo noté en ese momento?

¿Qué miraba dentro de sí tan triste?

viernes 27 de marzo de 2009

COMPRENDO QUE SOY HÉROE SIN DISPUTA

Comprendo que soy héroe sin disputa
como tú eres hechicera sin brebajes
pero quién necesita vanos trajes
vale más, amor, ser hijo de puta.

Heroísmo son mi piel y tus ojos
jugando al tiro al blanco de los sexos
desculando angelitos de hinojos
poniéndole al infierno sus anexos.

Nací para el tabaco y tu vagina
para tus muslos blancos y saliva
soy héroe de amor que regala espinas

(ser amante a la antigua no es mi ruta)
me gustan brujas o en una esquina
no seas niña buena ¡sé mejor mi puta!

J.L.L.

miércoles 25 de marzo de 2009

Tu cuerpo


Hondura blanca,

orilla interminable de tu cuerpo,

animal húmedo y tranquilo,

botín, milagro

caído de las manos de Dios.


jueves 19 de marzo de 2009

0.6 Filtración Caballo de Troya


0.1 El Ardid
Su figurón, en el límite del 1.80 metros de estatura, se alzó ensoberbecido por un ligero agitar del ritmo fecundo de sus caderas, ese gran portón en arcada de su cuerpo.

“Nos vemos, gallinita”, balbuceó con la burla en la punta de la lengua.

Me pedía una filtración indecorosa a su alcoba. El obstáculo: su madre de visita en la Ciudad, residente estorboso por un periodo indefinido de tiempo, y habitante del dormitorio de enfrente, a dos metros del suyo. De inmediato, reculé con asombro. Ulises, fecundo en ardides, perdía las agallas para tan arriesgada empresa.

Había que acompañarla a su casa (ella fingiría llegar sola), entrar de puntitas, sortear la vista de la progenitora bajo cualquier artimaña, subir a su alcoba y ocultar mi delito en el baño; luego esperar agazapado y a oscuras, hasta que ella disimulara lo suficiente y subiera a mi encuentro.

Una vez ambos en la alcoba, sellar el cerrojo, poner aldabas y seguros a cualquier ruido o sospecha, y dormir juntos esa noche. Con la respiración de su madre a una puerta de distancia, la gloria era posible.

“Bueno gallinita, si no te animas, ya me voy”, repitió.

La expresión “gallinita” obró de verdugo en mi conciencia que extrajo valor y heroísmo de sus fondos.

0.2 La Estrategia
Mientras conducía por Avenida Lázaro Cárdenas, detrás de su Ibiza rojo, todavía tambaleaba sobre dudas. El plan era el siguiente.

Lo primero era dejar mi auto a una cuadra de su casa. Cuando ella abriera la cochera automática, mi filtración no quedaba en duda. Según un análisis previo, la probabilidad de que su madre estuviera frente a la televisión ofrecía la posibilidad de que cruzara la sala, hasta las escaleras, por un camino imaginario, pegado a la pared, donde el ángulo probable de visión para su progenitora era reducido, aunque riesgoso.

En caso de que Doña M. (bauticémosla de una vez) estuviera en la sala o en la cocina, flancos poco menos que imposibles para pasar desapercibido, la misión adquiría un grado mayor de complejidad.

0.3 El Golpe
Cruzamos la primera puerta. El perro, por fortuna, no ladró (en esa casa nunca han tenido mascotas). En el fondo del estudio, la luz del televisor parpadeaba a alto volumen. En ese momento unté mi cuerpo a la pared, y la recorrí suavemente, emulando el deslizamiento sutil del intruso de película.

ME adelanté unos pasos cuando descubrí que la luz del foco formaba una sombra curva que abandonaba los límites seguros del sendero imaginario. La posibilidad de que se proyectaran dos sombras, avistadas por su madre, echaba por la borda el plan. Estuve a punto de abortar nuestro empeño indecoroso. Reculé hacia atrás, y pegué un brinco cuando a mi cómplice se le cayeron las llaves. Fueron segundos interminables.

Con señas desesperadas, acerqué a N. (ya era hora de bautizarla) hacia mi cuerpo. En un apresurado cálculo geométrico y de volumen, deduje que el tamaño de sus caderas, engrosadas por la proyección de la sombra, podrían ocultar fácilmente mi figura si, entrambos, cruzábamos al mismo tiempo. No erró mi plan. Sincronizados, dimos cuatro pasos y al quinto viré hacia la izquierda, desprendiéndome de su sombra sin desfigurar la suya, rumbo a su alcoba, en la parte superior de la casa.

0.3 La Espera
Nunca preví la oscuridad. Había que subir las escaleras, abrir la puerta de su alcoba, cruzarla, llegar a su baño y sentarme bajo la regadera, en posición de flor de loto. El hule de mis chanclas, elegidas por su supuesta discreción, no dejó de rechinar mientras cumplí cada uno de los objetivos.

Puse el celular en silencio. Inútil, porque no había señal para cualquier comunicación de emergencia vía mensaje de texto. Durante 50 minutos, en sacrificada muestra de amor, me estuve quietecito y sin hacer el menor ruido en el baño del objeto de mi amor. Lamenté no llevar conmigo una revista o un libro.

Primero intentaba dilucidar el diálogo entre mi doncella y su madre. Pero sólo captaba frases entrecortadas, algo sobre unos vestidos, la licuadora, el ruido del televisor y el mésenyer del vecino. Recordé que mi celular, un Nokia austero, tenía un jueguito de una serpiente que se va comiendo bolitas cada vez más rápido. Lo busqué como un distractor, pero la pantalla iluminada me ponía nervioso ante las más de cinco veces que juré que su madre subía a buscarme. Respingaba tembloroso, contaba hasta diez, y volvía a la calma.

0.4 El encuentro
Escuché pasos en las escaleras. Cerré los ojos y cuando los abrí una sombra a mi lado me observaba. Lo habíamos logrado.

La alegría impune nos embargó. Lo más difícil había pasado. Abajo, su madre, ordenaba la cocina. Arriba, yo, dormiría con su hija.

En una prueba silenciosa verificamos que el seguro de la alcoba estuviera en óptimas condiciones. Bebí un vaso de agua de fresa como premio y pude contemplar todo el ritual de acicalamiento que ejecuta N antes de dormir. Se desviste, se observa en el espejo, se lava los dientes, luego la cara, y con un algodón se unta agua de rosas, prepara su ropa del día siguiente, arma su bolso para la natación, acomoda sus almohadas y finalmente, yace a mi lado. Y lo mejor de todo: estas diligencias las cumple siempre en calzones.

En la cama, por única excepción, ella pidió pasillo. A mí me tocó pared, porque de esta forma podríamos estar al alba de cualquier visita inesperada. Educados en la tradición natural de prevención de riesgos, ensayamos un par de ocasiones la reacción de emergencia en caso de que tocaran la puerta. Descubrimos que un abandono intempestivo de la cama, en mi caso, para correr al baño, era contraproducente porque el piso resbaloso me hizo tropezar de porrazo la primera vez. Igual que en un desastre natural, niños y mujeres primero, lo más importante era mantener la calma.

0.6 Filtración Caballo De Troya
Es sabido que mientras el pueblo dormía, ardió Troya. Bastó una noche para incendiarla.

Igual que Eneas, el fundador de la estirpe romana, abandoné la Ciudad amurallada en medio de la madrugada para salvar mi pellejo.

Moraleja
“El amor culpable resulta tan agradable para el hombre como para la mujer”.
El arte de amar. Ovidio.

sábado 14 de marzo de 2009

Un regalo excepcional


Desempolvé mis viejos cuadernos. Serán una docena. En ellos, hace una década, comencé a berrear palabras. En estos días transcribo los montones de citas que ponía aquí y allá. También conservo hojas y papeles con anotaciones. Es una vieja costumbre que aún conservo. Comparto algunas de ellas, muchas ni siquiera las recordaba. No siempre tuve el cuidado de poner el autor. Éstas corresponden a un cuaderno añejado, en un cajón del escritorio, al menos unos siete años.

“Amo las letras, las amo, son mi vida, son ellas las que dan sentido, las que organizan por tristeza, consuelo y pasión todo aquello que yo no clasificaría solo. No estoy solo, las amo a ellas, me acompaña su amor”
Ignoro su autor

“Tú que con sutileza de geómetra euclidiano determinaste el radio probable del placer, y calculaste sólo con aplicar la mano, cuántas pulgadas mide un sexo de mujer”
Renato Leduc.

“Has de saber que hallo más encanto que nunca en los placeres de la conversación a medida que me abandonan los placeres del cuerpo”
Platón

“... la odalisca ofrece su cuerpo, como ofrece, abierta, la palma de su mano”.
Ignoro su autor

“Saber que no se escribe para el otro, saber que esas cosas que voy a escribir no me harán jamás amar por quien amo, saber que la escritura no compensa nada, no sublima nada, que es precisamente ahí donde no estás: tal es el comienzo de la escritura”
Roland Barthes

“Uno quiere tener a lo que ama a un lado para poder pensar en otra cosa”
Cristina Peri Rossi

“Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará. Nada hay nuevo bajo el Sol”
Eclesiastés

Y la última. Ya desde los 17 años se notaba claramente mi propensión a dramatizar. Esto lo escribí el 31 de diciembre de 1999, en una servilleta, supongo que poco antes de la media noche.

“Según el reloj, no biológico, sino mecánico del hombre, se nos fue un milenio, se nos fue un siglo y se nos fue un año; la vida, esa, no se detiene: a mí se me sigue llendo”.
El autor de este blog, a sus pesimistas 17 años.

Estoy transcribiendo todas las citas. Será una labor titánica. Después se las voy a vender a los creadores de Un Regalo Excepcional para su último tomo. Esta es sólo una probadita.