
0.1 El Ardid
Su figurón, en el límite del 1.80 metros de estatura, se alzó ensoberbecido por un ligero agitar del ritmo fecundo de sus caderas, ese gran portón en arcada de su cuerpo.
“Nos vemos, gallinita”, balbuceó con la burla en la punta de la lengua.
Me pedía una filtración indecorosa a su alcoba. El obstáculo: su madre de visita en la Ciudad, residente estorboso por un periodo indefinido de tiempo, y habitante del dormitorio de enfrente, a dos metros del suyo. De inmediato, reculé con asombro. Ulises, fecundo en ardides, perdía las agallas para tan arriesgada empresa.
Había que acompañarla a su casa (ella fingiría llegar sola), entrar de puntitas, sortear la vista de la progenitora bajo cualquier artimaña, subir a su alcoba y ocultar mi delito en el baño; luego esperar agazapado y a oscuras, hasta que ella disimulara lo suficiente y subiera a mi encuentro.
Una vez ambos en la alcoba, sellar el cerrojo, poner aldabas y seguros a cualquier ruido o sospecha, y dormir juntos esa noche. Con la respiración de su madre a una puerta de distancia, la gloria era posible.
“Bueno gallinita, si no te animas, ya me voy”, repitió.
La expresión “gallinita” obró de verdugo en mi conciencia que extrajo valor y heroísmo de sus fondos.
0.2 La Estrategia
Mientras conducía por Avenida Lázaro Cárdenas, detrás de su Ibiza rojo, todavía tambaleaba sobre dudas. El plan era el siguiente.
Lo primero era dejar mi auto a una cuadra de su casa. Cuando ella abriera la cochera automática, mi filtración no quedaba en duda. Según un análisis previo, la probabilidad de que su madre estuviera frente a la televisión ofrecía la posibilidad de que cruzara la sala, hasta las escaleras, por un camino imaginario, pegado a la pared, donde el ángulo probable de visión para su progenitora era reducido, aunque riesgoso.
En caso de que Doña M. (bauticémosla de una vez) estuviera en la sala o en la cocina, flancos poco menos que imposibles para pasar desapercibido, la misión adquiría un grado mayor de complejidad.
0.3 El Golpe
Cruzamos la primera puerta. El perro, por fortuna, no ladró (en esa casa nunca han tenido mascotas). En el fondo del estudio, la luz del televisor parpadeaba a alto volumen. En ese momento unté mi cuerpo a la pared, y la recorrí suavemente, emulando el deslizamiento sutil del intruso de película.
ME adelanté unos pasos cuando descubrí que la luz del foco formaba una sombra curva que abandonaba los límites seguros del sendero imaginario. La posibilidad de que se proyectaran dos sombras, avistadas por su madre, echaba por la borda el plan. Estuve a punto de abortar nuestro empeño indecoroso. Reculé hacia atrás, y pegué un brinco cuando a mi cómplice se le cayeron las llaves. Fueron segundos interminables.
Con señas desesperadas, acerqué a N. (ya era hora de bautizarla) hacia mi cuerpo. En un apresurado cálculo geométrico y de volumen, deduje que el tamaño de sus caderas, engrosadas por la proyección de la sombra, podrían ocultar fácilmente mi figura si, entrambos, cruzábamos al mismo tiempo. No erró mi plan. Sincronizados, dimos cuatro pasos y al quinto viré hacia la izquierda, desprendiéndome de su sombra sin desfigurar la suya, rumbo a su alcoba, en la parte superior de la casa.
0.3 La Espera
Nunca preví la oscuridad. Había que subir las escaleras, abrir la puerta de su alcoba, cruzarla, llegar a su baño y sentarme bajo la regadera, en posición de flor de loto. El hule de mis chanclas, elegidas por su supuesta discreción, no dejó de rechinar mientras cumplí cada uno de los objetivos.
Puse el celular en silencio. Inútil, porque no había señal para cualquier comunicación de emergencia vía mensaje de texto. Durante 50 minutos, en sacrificada muestra de amor, me estuve quietecito y sin hacer el menor ruido en el baño del objeto de mi amor. Lamenté no llevar conmigo una revista o un libro.
Primero intentaba dilucidar el diálogo entre mi doncella y su madre. Pero sólo captaba frases entrecortadas, algo sobre unos vestidos, la licuadora, el ruido del televisor y el mésenyer del vecino. Recordé que mi celular, un Nokia austero, tenía un jueguito de una serpiente que se va comiendo bolitas cada vez más rápido. Lo busqué como un distractor, pero la pantalla iluminada me ponía nervioso ante las más de cinco veces que juré que su madre subía a buscarme. Respingaba tembloroso, contaba hasta diez, y volvía a la calma.
0.4 El encuentro
Escuché pasos en las escaleras. Cerré los ojos y cuando los abrí una sombra a mi lado me observaba. Lo habíamos logrado.
La alegría impune nos embargó. Lo más difícil había pasado. Abajo, su madre, ordenaba la cocina. Arriba, yo, dormiría con su hija.
En una prueba silenciosa verificamos que el seguro de la alcoba estuviera en óptimas condiciones. Bebí un vaso de agua de fresa como premio y pude contemplar todo el ritual de acicalamiento que ejecuta N antes de dormir. Se desviste, se observa en el espejo, se lava los dientes, luego la cara, y con un algodón se unta agua de rosas, prepara su ropa del día siguiente, arma su bolso para la natación, acomoda sus almohadas y finalmente, yace a mi lado. Y lo mejor de todo: estas diligencias las cumple siempre en calzones.
En la cama, por única excepción, ella pidió pasillo. A mí me tocó pared, porque de esta forma podríamos estar al alba de cualquier visita inesperada. Educados en la tradición natural de prevención de riesgos, ensayamos un par de ocasiones la reacción de emergencia en caso de que tocaran la puerta. Descubrimos que un abandono intempestivo de la cama, en mi caso, para correr al baño, era contraproducente porque el piso resbaloso me hizo tropezar de porrazo la primera vez. Igual que en un desastre natural, niños y mujeres primero, lo más importante era mantener la calma.
0.6 Filtración Caballo De Troya
Es sabido que mientras el pueblo dormía, ardió Troya. Bastó una noche para incendiarla.
Igual que Eneas, el fundador de la estirpe romana, abandoné la Ciudad amurallada en medio de la madrugada para salvar mi pellejo.
Moraleja
“El amor culpable resulta tan agradable para el hombre como para la mujer”.
El arte de amar. Ovidio.