lunes 30 de noviembre de 2009

Narciso revisitado


Cualquiera abre los ojos y se pasma de sorpresa ante esta historia. Un mancebo era tan hermoso, tan perfectamente agraciado, que un día al contemplar su imagen en un estanque se enamoró de sí mismo.

El mito de Narciso es un tópico agotado a pesar de su riqueza. Como todo lo que es moneda corriente y masiva, se ha vuelto un lugar común. Todos pueden narrar en líneas generales de qué forma este mancebo –Ovidio lo describe de 15 años– se convierte en su propia tragedia.

Narciso era un extremo de belleza andrógina. Lo deseaban ninfas del bosque y varones por igual. Sabedor de la belleza que poseía, invitaba a sus pretendientes a yacer con él, pero antes siquiera de satisfacerlos o dejar que lo tocaran, los abandonaba para después hacer mofa de ellos. Uno de tantos amantes resentidos pidió justicia a Némesis, la diosa de la Venganza. Y así Narciso se enamoró de su imagen al mirar su reflejo en el agua.

“Crédulo, por qué tratas de coger en vano la fugaz imagen? No existe en ningún lugar lo que buscas; apártate, lo que amas lo perderás. Esta que ves es la sombra de tu imagen reflejada. Nada de sí misma tiene esa figura; viene y se va contigo; contigo se marchará, si puedes marcharte”, de esta forma, en Las Metamorfosis de Ovidio, Narciso se habla a sí mismo para procurarse consuelo en vano.

Pero Narciso no es sólo la representación del excesivo amor a sí mismo. Esa es la parte más visible del mito. La verdadera lección de Narciso es una tragedia mayor. Y es ésta: el amor a uno mismo es un espejismo. Las personalidades más ególatras sólo son idiotas engañándose a sí mismos.

Los amores imposibles son dolorosos. Pero el más imposible de los amores, el de amarse a sí mismo, debe ser también el más trágico. El narcisista ama una imagen que no existe más que como reflejo.

Tenemos que aprender de Narciso. Uno no puede ser el objeto de su propio amor. Es la paradoja del mancebo hermoso y engreído lo que nos lo impide. La personalidad ególatra no existe. Sólo es un invento y fuente de angustia para su creador y poseedor.

“Lo que deseo está conmigo; la abundancia me ha hecho indigente”, así gime Narciso cuando trata de satisfacer su amor al abrazar su propia imagen en el agua. Mientras se declara su amor, ve cómo se mueven los labios de ese “otro” que es él mismo. Y siente una gran angustia, porque cree que el “otro” trata de decirle algo qué Narciso no alcanza a escuchar.

Sólo pensemos en el pobre de Narciso. Su desesperación ante un reflejo inaprensible y mudo. Y cómo pierde la vida al transformarse su dolor en un sufrimiento insoportable.

Por eso, mortales necios y tristes, a veces debería bastarnos con escuchar la respuesta a nuestro llamado en la voz del ser amado. Saber que esa es una de las más milagrosas pruebas de amor. Porque lo que amamos existe. Y nos llama.

martes 12 de mayo de 2009

Nos mudamos


Debido a los tiempos que corren, las entradas de este blog mudan de casa por un tiempo al siguiente link:


martes 21 de abril de 2009

Hablemos seriamente

No recuerdo de qué libro ni de qué autor salió el poema siguiente. Sólo tengo una vaga imagen de mí mismo, años atrás, inclinado sobre una carpeta, apurado en transcribir todo el texto con pluma negra. Lo único que sé con certeza es que fue en Jalapa, en la biblioteca de la Universidad, durante 2005.

Hoy, mientras lo releía, regresaron a mi memoria aquellos instantes con la lucidez etérea del melómano que vuelve a escuchar una composición musical tras muchos años. 

Por alguna razón que desconozco no apunté el nombre del autor. No puedo ni siquiera atinar un nombre supuesto. He llegado a pensar que estaban a punto de cerrarme la biblioteca, porque el trazo es aprehensivo y desesperado. No concibo que haya omitido anotar el nombre del autor, aunque finalmente, lo menos importante.

Junto a mí está una maleta de mediano pelo en donde metí todo lo que seré próximamente. Es curioso que en un espacio tan reducido aún haya cosas tan prescindibles para mi verdadera personalidad como un hilo dental, tijerillas, un peine, algunas playeras y ropa interior demás. 

Quizá un día me pregunte por qué en mi vida siempre tomé decisiones que me alejaron de una senda apacible y segura. Por qué huyo con tanta precipitación de los títulos nobiliarios, del buen nombre, de la asunción adulta y de los hombres que encontraron, en cualquier pretexto, la medida justa de todas las cosas.   

Este texto es, pretendo que sea, una anticipada respuesta.


***

HABLEMOS SERIAMENTE

No es cierto que detrás del horizonte prosiga el horizonte ni la manzana detrás de la manzana, ni a la vuelta del árbol sólo el árbol.

Porque tampoco es cierto que siga por dentro o fuera del hombre el hombre mismo.

Hablemos seriamente. Aunque sea todavía la naranja la más cabal y asidua imagen de la tierra, y aunque nos mudemos de piel de tanto en tanto, o tras nosotros dejemos el soñar de cada noche como una mascarilla de polvo y sudor que en matinales abluciones destruimos.

Hablemos seriamente: con esa seriedad del hombre de negocios, del industrial exacto, del banquero (como auriga) firme, insobornable al tiempo y sus alcobas.

Porque detrás de ti, amigo, prójimo o pariente, ya no estás tú. Y es ciertamente absurdo que imagines ese sosías o doble  de ti mismo, ese astuto cazador que acecha y que persigue en hábil montería tu camino.

Pues el hombre limita por fuera con las cosas  y con los otros hombres, mas por dentro se quiebra abruptamente y es un acantilado altísimo de sombra sobre la astronomía de un mar inimitable: de un mar sin el recodo concéntrico y frutal de la naranja.

No. Hablemos seriamente. Con toda seriedad hagamos nuestras cosas: extendamos el mantel sobre la mesa, pongámosle franqueo a nuestras cartas, llamémonos Antonio, Guillermo o Federico con la más serena de todas las convicciones.

Sin la menor malicia: acordonémonos los zapatos, anudémonos la corbata, pongámonos la chaqueta, calémonos el sombrero.

Así, muy digna y seriamente. Como es serio el árbol con sus hojas, aunque éstas se le caigan en otoño. Como está muy en su punto que el tiempo se convierta en almanaques y el trino del jilguero, por algún grave descuido, en maullido prolongado o en cuerda de violín enamorada.

Porque todo está en el más claro fluir de nuestros días. Los que por ello tienen una rara belleza y un encanto inefable, pues es más que seguro que respondan, igual que las estrellas y sus constelaciones, a los más inexplicables de todos los designios.

Porque es lo que vemos con certeza nacer, morir a cada instante.

Y porque, en fin de cuentas, nuestras vidas no son sino ese ir y venir del tiempo a sus armarios, a sus negros baúles, a sus perchas enormes, para vestirse y desvestirse,

de flechas y de sueños,

de gestos y de palabras,

de trajes y de nombres,

de cuerpos inocentes y de imprevistas almas.

Sin referencia del autor del texto.

 

 

miércoles 1 de abril de 2009

Lo que ella mira




"¿Qué miras?", dije para interrogar su silencio, después de varias fotografías.

"Los peces...", respondió sin añadir más.

En la fuente central, en efecto, unos peces gordos, más grandes que la palma de mi mano, nadaban de un lado a otro resaltando su color naranja y blanco sobre el fondo oscuro del estanque. Otros peces más pequeños y ágiles, de pronto salían al paso.

Me conformé con la respuesta. No me pareció extraño que anoche se entretuviera mirando tan fijamente peces vivos -y al cabo hermosos- dentro de un estanque.

Pero esta mañana, cuando revisé las fotografías, descubrí la pobreza de mi conformismo, que se dio por satisfecho con una respuesta que estaba muy lejos de serlo realmente: apenas una muletilla, un guiño, un ademán para salir al paso. ¿Por qué no lo noté en ese momento?

¿Qué miraba dentro de sí tan triste?

viernes 27 de marzo de 2009

COMPRENDO QUE SOY HÉROE SIN DISPUTA

Comprendo que soy héroe sin disputa
como tú eres hechicera sin brebajes
pero quién necesita vanos trajes
vale más, amor, ser hijo de puta.

Heroísmo son mi piel y tus ojos
jugando al tiro al blanco de los sexos
desculando angelitos de hinojos
poniéndole al infierno sus anexos.

Nací para el tabaco y tu vagina
para tus muslos blancos y saliva
soy héroe de amor que regala espinas

(ser amante a la antigua no es mi ruta)
me gustan brujas o en una esquina
no seas niña buena ¡sé mejor mi puta!

J.L.L.

miércoles 25 de marzo de 2009

Tu cuerpo


Hondura blanca,

orilla interminable de tu cuerpo,

animal húmedo y tranquilo,

botín, milagro

caído de las manos de Dios.


jueves 19 de marzo de 2009

0.6 Filtración Caballo de Troya


0.1 El Ardid
Su figurón, en el límite del 1.80 metros de estatura, se alzó ensoberbecido por un ligero agitar del ritmo fecundo de sus caderas, ese gran portón en arcada de su cuerpo.

“Nos vemos, gallinita”, balbuceó con la burla en la punta de la lengua.

Me pedía una filtración indecorosa a su alcoba. El obstáculo: su madre de visita en la Ciudad, residente estorboso por un periodo indefinido de tiempo, y habitante del dormitorio de enfrente, a dos metros del suyo. De inmediato, reculé con asombro. Ulises, fecundo en ardides, perdía las agallas para tan arriesgada empresa.

Había que acompañarla a su casa (ella fingiría llegar sola), entrar de puntitas, sortear la vista de la progenitora bajo cualquier artimaña, subir a su alcoba y ocultar mi delito en el baño; luego esperar agazapado y a oscuras, hasta que ella disimulara lo suficiente y subiera a mi encuentro.

Una vez ambos en la alcoba, sellar el cerrojo, poner aldabas y seguros a cualquier ruido o sospecha, y dormir juntos esa noche. Con la respiración de su madre a una puerta de distancia, la gloria era posible.

“Bueno gallinita, si no te animas, ya me voy”, repitió.

La expresión “gallinita” obró de verdugo en mi conciencia que extrajo valor y heroísmo de sus fondos.

0.2 La Estrategia
Mientras conducía por Avenida Lázaro Cárdenas, detrás de su Ibiza rojo, todavía tambaleaba sobre dudas. El plan era el siguiente.

Lo primero era dejar mi auto a una cuadra de su casa. Cuando ella abriera la cochera automática, mi filtración no quedaba en duda. Según un análisis previo, la probabilidad de que su madre estuviera frente a la televisión ofrecía la posibilidad de que cruzara la sala, hasta las escaleras, por un camino imaginario, pegado a la pared, donde el ángulo probable de visión para su progenitora era reducido, aunque riesgoso.

En caso de que Doña M. (bauticémosla de una vez) estuviera en la sala o en la cocina, flancos poco menos que imposibles para pasar desapercibido, la misión adquiría un grado mayor de complejidad.

0.3 El Golpe
Cruzamos la primera puerta. El perro, por fortuna, no ladró (en esa casa nunca han tenido mascotas). En el fondo del estudio, la luz del televisor parpadeaba a alto volumen. En ese momento unté mi cuerpo a la pared, y la recorrí suavemente, emulando el deslizamiento sutil del intruso de película.

ME adelanté unos pasos cuando descubrí que la luz del foco formaba una sombra curva que abandonaba los límites seguros del sendero imaginario. La posibilidad de que se proyectaran dos sombras, avistadas por su madre, echaba por la borda el plan. Estuve a punto de abortar nuestro empeño indecoroso. Reculé hacia atrás, y pegué un brinco cuando a mi cómplice se le cayeron las llaves. Fueron segundos interminables.

Con señas desesperadas, acerqué a N. (ya era hora de bautizarla) hacia mi cuerpo. En un apresurado cálculo geométrico y de volumen, deduje que el tamaño de sus caderas, engrosadas por la proyección de la sombra, podrían ocultar fácilmente mi figura si, entrambos, cruzábamos al mismo tiempo. No erró mi plan. Sincronizados, dimos cuatro pasos y al quinto viré hacia la izquierda, desprendiéndome de su sombra sin desfigurar la suya, rumbo a su alcoba, en la parte superior de la casa.

0.3 La Espera
Nunca preví la oscuridad. Había que subir las escaleras, abrir la puerta de su alcoba, cruzarla, llegar a su baño y sentarme bajo la regadera, en posición de flor de loto. El hule de mis chanclas, elegidas por su supuesta discreción, no dejó de rechinar mientras cumplí cada uno de los objetivos.

Puse el celular en silencio. Inútil, porque no había señal para cualquier comunicación de emergencia vía mensaje de texto. Durante 50 minutos, en sacrificada muestra de amor, me estuve quietecito y sin hacer el menor ruido en el baño del objeto de mi amor. Lamenté no llevar conmigo una revista o un libro.

Primero intentaba dilucidar el diálogo entre mi doncella y su madre. Pero sólo captaba frases entrecortadas, algo sobre unos vestidos, la licuadora, el ruido del televisor y el mésenyer del vecino. Recordé que mi celular, un Nokia austero, tenía un jueguito de una serpiente que se va comiendo bolitas cada vez más rápido. Lo busqué como un distractor, pero la pantalla iluminada me ponía nervioso ante las más de cinco veces que juré que su madre subía a buscarme. Respingaba tembloroso, contaba hasta diez, y volvía a la calma.

0.4 El encuentro
Escuché pasos en las escaleras. Cerré los ojos y cuando los abrí una sombra a mi lado me observaba. Lo habíamos logrado.

La alegría impune nos embargó. Lo más difícil había pasado. Abajo, su madre, ordenaba la cocina. Arriba, yo, dormiría con su hija.

En una prueba silenciosa verificamos que el seguro de la alcoba estuviera en óptimas condiciones. Bebí un vaso de agua de fresa como premio y pude contemplar todo el ritual de acicalamiento que ejecuta N antes de dormir. Se desviste, se observa en el espejo, se lava los dientes, luego la cara, y con un algodón se unta agua de rosas, prepara su ropa del día siguiente, arma su bolso para la natación, acomoda sus almohadas y finalmente, yace a mi lado. Y lo mejor de todo: estas diligencias las cumple siempre en calzones.

En la cama, por única excepción, ella pidió pasillo. A mí me tocó pared, porque de esta forma podríamos estar al alba de cualquier visita inesperada. Educados en la tradición natural de prevención de riesgos, ensayamos un par de ocasiones la reacción de emergencia en caso de que tocaran la puerta. Descubrimos que un abandono intempestivo de la cama, en mi caso, para correr al baño, era contraproducente porque el piso resbaloso me hizo tropezar de porrazo la primera vez. Igual que en un desastre natural, niños y mujeres primero, lo más importante era mantener la calma.

0.6 Filtración Caballo De Troya
Es sabido que mientras el pueblo dormía, ardió Troya. Bastó una noche para incendiarla.

Igual que Eneas, el fundador de la estirpe romana, abandoné la Ciudad amurallada en medio de la madrugada para salvar mi pellejo.

Moraleja
“El amor culpable resulta tan agradable para el hombre como para la mujer”.
El arte de amar. Ovidio.